Y así fue.
Parecía que terminaba pero en realidad recién estaba comenzando.
Los momentos decisivos le renovaban el ánimo y las energías. Le devolvían el sentido, se encontraba con ella, justo cuando creía haberse olvidado.
Y así fue.
Cuando cruzó la puerta, después de mucho tiempo con solo un pie en el umbral.
Le traspiraban las manos, y eso era una buena señal; significaba que se estaba enamorando de lo que estaba por hacer.
Y así fue.
Murió de amor al entrar. Murió literalmente, un instante. Ese instante. Para volver a nacer, cambiando de cuerpo, transmigrando. Lo bueno es que ya no olvida, no espera, no desea, no siente miedo, no se paraliza. Hace las cosas puras, enamorándose a cada paso.
Y así fue…
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