El la vio menospreciar cierta penumbra de otoño, esquivar las sombras de los cuerpos, ondularse en una brisa, y la sintió reír y dudar en el mismo segundo, sin advertirlo.
Ella fragmentó la luz circular de sus pupilas en el prisma de su mente; escuchó la hueca pausa de su latido y saboreó el polen de su piel, sin advertirlo.
Se saben con precisión geométrica en cada milímetro del ser, sin saberlo.
Hilvanan un equilibrio que dura ese segundo o todas las eternidades y aunque nunca vuelvan a verse ya no son Extraños.
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